COMO UN PERSONAJE MÁS EN EL BELÉN DE SALZILLO (V)

El Lazarillo del ciego de la zanfona

 

Siguiendo el plan que me tracé al principio de estos artículos. «Como un personaje más en el belén de Salzillo,  hoy me he vestido de lazarillo que acompaña al ciego de la zanfona y que Salzillo me modeló con tanta maestría y gracia.

Me llamo Francisco aunque todos me conocen por Cuco. Nací en una familia muy pobre. Mi padre murió cuando yo era un bebé. Mi madre me fue criando como pudo porque vivíamos de la caridad.        Ella era muy buena y desde pequeño me enseñó a respetar a todas las personas. Cuando yo era un mozalbete ella enfermó. Junto a mi casa vivía un ciego que tocaba la zanfona y con ella se ganaba la vida. Mi madre me dijo un día: me da pena que Rafaelillo, que así se llamaba el ciego, solo tenga el perro que le guarde, ¿por qué no le acompañas tú y le ayudas y así podías ganar algún maravedí?  Al poco tiempo mi madre murió y yo quedé huérfano.

Como era, todavía, un jovenzuelo pensé en lo que me había dicho mi madre antes de morir: Hijo, ya sé que no te veré más. Procura de ser bueno, y Dios te guíe. Ayuda a Rafaelillo y válete por ti mismo” . Y así se lo hice saber al de la zanfona que se alegró mucho por mi decisión de ser su lazarillo.

Desde que nacemos se van estableciendo estructuras y modalidades propias en el plano psicológico que nos marcan indeleblemente.

El vestía una camisa blanca, jubón algo raído, calzón bastante deteriorado por el tiempo, polainas, botas y una capa recosida y parcheada y un zurrón por bandolera.

Rafaelillo había nacido ciego y su padre le había enseñado a tocar la zanfona desde muy pequeño. Cuando murieron sus padres él pensó: que haré ahora que estoy huérfano, lo único que sé  hacer es tocar la zanfona y eso hizo, tocarla en la plaza y esperar a que la gente que pasaba por allí le echaran algún maravedí.

Cuando entré a su servicio, sirviéndole de lazarillo, como era un chico despierto aprendí a bailar las canciones que Rafaelillo tocaba, también enseñé a que su perro danzara alrededor del ciego. De esa manera la gente al escuchar la zanfona y vernos danzar de aquella manera se detenía a ver el espectáculo y  nos ayudaba con algunos maravedíes, que sin ser gran cosa nos ayudaba a adquirir algún alimento e ir saliendo adelante.

Yo vestía más o menos como Rafaelillo aunque mi jubón estaba más parcheado y recosido que el suyo y mi calzón era un parche tras otro de diferentes colores y tejidos que yo mismo me había zurcido para que no se vieran mis carnes; calzaba polainas pero mis pies estaban al desnudo.

Pronto, a la danza que hacíamos el perro y yo, añadí unas coplillas, dedicadas a la Virgen, que cantaba a dúo con Rafaelillo y que a la gente le gustaba mucho, una de ellas decía así:

Acudimos con confianza

a tus pies ¡oh Virgen santa!

y al ver en Vos piedad tanta,

se aumenta nuestra esperanza;

la mirada a Ti se alza,

y con ella la oración,

y así pronto se alcanza

tu maternal protección.

       Un día  de los que estábamos cantando, un ángel me indicó, que en una cueva había nacido el Niño Dios y hacia allí nos fuimos los tres, para adorar y cantar lo que espontaneo salía de nuestra inspiración, y una vez en aquella oscura cueva pude cantar esta coplilla que me salía del corazón:

Oye a tus hijos,

¡Oh Madre querida!

tú que sonríes al Niño Jesús,

haz que por siempre tu dulce mirada

a nosotros nos inunde de luz.

Mientras yo cantaba a aquel hermoso Niño, Rafaelillo tocaba su zanfona con todo el sentimiento y el perro que era más listo que el hambre, en esta ocasión, en vez de bailar, fue acurrucarse a los desnudos piececitos del Dios recién nacido.

En el belén permanecemos donde nos quieran situar, dando testimonio de que el ciego no deja de tocar y que el perro y yo no dejamos de bailar.

 

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