Dora del Hoyo, mi madre nos enseñó a rezar.

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En esta historia real podrás descubrir a una mujer del Opus Dei

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Historia de: mi madre nos enseñó

El hogar de Demetrio y Carmen, los padres de Dora, estaba construido sobre recias virtudes humanas y profundas raíces cristianas. Dora decía: No

cabe duda de que fue la mejor escuela para mí y mis hermanos. Allí recibimos la fe católica y aprendimos a conducirnos con honradez, amor al

trabajo y alegría. Recuerdo con mucha frecuencia todo lo que mi madre nos enseñó; especialmente cómo me enseñó a rezar y a pensar en los demás. Un

día me dijo que tenía que rezar mucho por Rusia, por los que estaban en la guerra y por los niños que se quedaban sin padres; que había que rezar

mucho por todos los que sufrían y por los que se apartaban de la Iglesia de Dios. Esto me ha ayudado toda mi vida y me ha llevado a rezar y

desagraviar por tantas calamidades que hay en el mundo.

―NO me cansaré de repetir, decía Dora, que en el Opus Dei me he dado cuenta de que todo lo que me pasa o sucede a mi alrededor es permitido por

mi Padre Dios para mi bien: siempre me da lo que más me conviene.

El vídeo de: mi madre nos enseñó

 

Completa las siguientes palabras con la letra correcta. Si no la sabes, búscala en el cuento.

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¿Qué nos enseña?

Nos dice Dora que su madre le enseñó el rezo del rosario. Pues vamos a ver de que se trata.

El mes de octubre tradicionalmente está dedicado a la Virgen María, en su advocación de nuestra Señora del Rosario. Pero, ¿por qué se aconseja rezar el rosario y cómo se reza?

El Rosario es una oración tradicional católica que busca honrar a la Virgen. En un inicio constaba de quince “misterios” que recordaban momentos (gozosos, dolorosos y gloriosos) de la vida de Jesús y de María. En el año 2002 san Juan Pablo II añadió los misterios luminosos que permiten meditar sobre la vida pública de Jesús.

También se llama “rosario” al objeto formado de cuentas que se utiliza para recitar esta oración.

“Todas las generaciones me llamarán bienaventurada», proclama la Virgen en el Magníficat. En efecto, desde los tiempos más antiguos, se venera a la Santísima Virgen con el título de «Madre de Dios», bajo cuya protección se acogen los fieles suplicantes en todos sus peligros y necesidades. El culto a María encuentra su expresión en las fiestas litúrgicas dedicadas a la Madre de Dios y en la oración mariana, como el Santo Rosario, que en palabras de Pablo VI es «síntesis de todo el Evangelio». Es decir, el Rosario es una oración que concreta ese culto especial que la Virgen recibe en la Iglesia.

Como empezó el rosario

El origen del Rosario se remonta al nacimiento del Avemaría en el siglo IX, como oración para honrar a María, la Madre de Dios. Parece que el Rosario tuvo su origen en la orden de san Benito y se expandió por acción de los dominicos.

Desde el sí dado por la fe en la Anunciación, y mantenido sin vacilar al pie de la Cruz, la maternidad de María se extiende desde entonces a los hermanos y a las hermanas de su Hijo. A partir de esta cooperación singular de María a la acción del Espíritu Santo, las Iglesias han desarrollado la oración a la santa Madre de Dios, centrándola sobre la persona de Cristo manifestada en sus misterios. En los innumerables himnos y antífonas que expresan esta oración, se alternan habitualmente dos movimientos: uno engrandece al Señor por las maravillas que ha hecho en su humilde esclava, y por medio de ella, en todos los seres humanos; el segundo confía a la Madre de Jesús las súplicas y alabanzas de los hijos de Dios, ya que ella conoce ahora la humanidad que en ella ha sido desposada por el Hijo de Dios.

Este doble movimiento de la oración a María ha encontrado una expresión privilegiada en la oración del Avemaría es el saludo del ángel:

El ave María

“Dios te salve, María (Alégrate, María)”. El saludo del ángel Gabriel abre la oración del Avemaría. Es Dios mismo quien por mediación de su ángel, saluda a María. Nuestra oración se atreve a recoger el saludo a María con la mirada que Dios ha puesto sobre su humilde esclava y a alegrarnos con el gozo que Dios encuentra en ella.

“Llena de gracia, el Señor es contigo”: Las dos palabras del saludo del ángel se aclaran mutuamente. María es la llena de gracia porque el Señor está con ella. La gracia de la que está colmada es la presencia de Aquel que es la fuente de toda gracia.

“Bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús”. Después del saludo del ángel, hacemos nuestro el de Isabel. Isabel es la primera en la larga serie de las generaciones que llaman bienaventurada a María: “Bienaventurada la que ha creído…”. María es “bendita […] entre todas las mujeres” porque ha creído en el cumplimiento de la palabra del Señor.

Santa María

“Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros…”. Con Isabel, nos maravillamos y decimos: “¿De dónde a mí que la madre de mi Señor venga a mí?”. Porque nos da a Jesús su hijo, María es Madre de Dios y Madre nuestra; podemos confiarle todos nuestros cuidados y nuestras peticiones. Confiándonos a su oración, nos abandonamos con ella en la voluntad de Dios: “Hágase tu voluntad”.

“Ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte”. Pidiendo a María que ruegue por nosotros, nos reconocemos pecadores y nos dirigimos a la “Madre de la Misericordia”, a la Toda Santa. Nos ponemos en sus manos “ahora”, en el hoy de nuestras vidas. Y nuestra confianza se ensancha para entregarle desde ahora, “la hora de nuestra muerte”. Que esté presente en esa hora, como estuvo en la muerte en Cruz de su Hijo, y que en la hora de nuestro tránsito nos acoja como Madre nuestra para conducirnos a su Hijo Jesús, al Paraíso.

 

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